White Line
Quedan solo cinco días para que cierre la preventa de mi nuevo fotolibro. Es la única oportunidad de conseguirlo (y no puedo mencionar el tema en redes sin que me censuren).
¿Censura? Hay una palabra que no puedo usar en redes sociales sin que el algoritmo bloquee el contenido de inmediato. Pueden imaginarse cuál es. De eso, justamente, se trata mi nuevo fotolibro: White Line.
Pero más que del producto, este libro habla de las personas, las familias y los territorios donde se produce. Colombia es el mayor productor de este polvo blanco en el mundo, más del 70% se produce aquí, y la mano de obra son campesinos que viven en regiones remotas, lejanas, apartadas de los grandes núcleos urbanos: las ruralidades marginales del país.
He recorrido Colombia caminando durante muchos años, viendo cómo en cada rincón, bajo cuatro guaduas que sostienen un plástico, se transforman las hojas en pasta base. Es un proceso químico que se ha ido adaptando, que pasa de boca en boca y de generación en generación, como quien enseña una receta de familia. Sin medidas, sin instrumentos. Solo el ojo del cocinero, o del químico, que de vez en cuando pone una pizca en su lengua para saber si el producto está quedando de buena calidad.
Los campesinos cultivadores son el eslabón más frágil de toda esta cadena, y me concentré en su cotidianidad para este fotolibro. Por una arroba de hoja cosechada, un raspachín puede recibir entre 2 y 3 dólares. Recoger 12.5 kilos de hoja no es tarea fácil: el espíritu se doblega con el agotamiento, la sed, la selva y, sobre todo, con las manos cortadas y sangrando por las ramas del arbusto. He visto familias enteras rompiéndose el lomo bajo el sol o bajo la lluvia.
En el Meta fotografié a Yamile, una madre soltera con sus dos hijos: una niña de 15 años y un niño de 13. Los tres raspaban toda la mañana solo para ganarse el desayuno que les ofrecía el dueño del cultivo. Ni siquiera recibían un pago. Pero las condiciones de pobreza eran tan dramáticas que el hambre los empujaba a ese trabajo, el único disponible en la zona.
Entonces uno se pregunta: ¿por qué no hacen algo diferente? ¿Por qué no plantar otra cosa? Hay muchas respuestas, pero sobre todo el negocio ya está instalado. Es pequeño y liviano, fácil de transportar y de esconder. Un kilo se lo pagan a un campesino entre 800 y 1000 dólares en Colombia. Ese valor sube dramáticamente cuando el producto sale del país: en las calles de Estados Unidos un kilo puede valer cerca de 100.000 dólares, y mucho más en Australia o en Asia.
¿Y el dinero de la guerra contra las drogas? He visto militares arriesgando sus vidas, caminando entre cultivos sembrados con minas antipersonal, operaciones con helicópteros y aviones, decenas de hombres desplegados para destruir laboratorios diminutos o enormes. ¿Cuántos millones de dólares se han destinado a esta guerra, y qué se ha logrado? A pesar de los avances en hombres y tecnología, el cultivo ha aumentado; el procesamiento y el tráfico también han crecido. Suben las incautaciones, pero también sube la producción, y por supuesto el consumo. Así se reinicia el ciclo.
En el Inírida, o en el Guaviare, igual que en muchos otros lugares de Colombia, los campesinos no cargan dinero en efectivo, tampoco hay métodos digitales de pago. En cambio, cada persona va a la tienda con una bolsita de pasta base. Cuando el campesino necesita unas botas, aceite o arroz, el tendero convierte pesos a gramos y saca una gramera para pesar el equivalente. Así se mueve el mercado en buena parte de la ruralidad colombiana.
Este fotolibro es un retrato íntimo de los campesinos, de los territorios militarizados, de los grupos armados y de la intervención estatal, y de cómo todo esto moldea la vida cotidiana y la lucha por la supervivencia en estas zonas.
White Line es, sobre todo, un recordatorio de la tenacidad humana: de quienes viven en los territorios más alejados y que, como única fuente de ingresos, cultivan y producen lo que ni siquiera se puede mencionar.
White Line es una edición exclusiva de Eyeshot, una editorial italiana cuyo modelo de trabajo es imprimir solo los libros que se preordenen antes del 30 de junio. El libro está editado bajo el ojo cuidadoso de Marco Savarese, y después de cerrada la preventa no se recibirán más pedidos ni se imprimirán más libros. Quedan solo 5 días, así que esta es la única oportunidad de tenerlo.
Pueden verlo y preordenarlo en este link.
Gracias por leerme y acompañarme a contar Colombia.
Un abrazo,
Federico.







Hola, tengo Verde y Darien, y este no me va a faltar.
Todo mi respeto y admiración por tu trabajo. Espero este también lo envíes firmado :)
Abrazos,
Grande me gusta mucho tu trabajo hermano ya tengo Verde!
Hice la precompra por error dos! He escrito para que me ayuden a hacer el reembolso parcial pero no tengo respuesta, me puedes ayudar con esto?
Abrazo!